Escrito por Ruben Cantón el Miércoles, 17 de Junio del 2009 |
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ImagÃnate que un dÃa te lees un libro y unos años después terminas dentro de él, imagÃnate ir a parar al paÃs de las Maravillas o viajar al reino de Oz, pues algo asà sentà yo cuando visité la casa de Ana Frank.
Era el último curso de los últimos que harÃamos octavo de EGB, la reforma educativa nos convertÃa en los últimos que entrarÃamos a la ESO directamente en tercero -curiosamente, años más tarde también serÃamos la primera generación que se escaparÃa de la mili ¡que suerte nacer en el 83!- y quedaban pocos dÃas para que empezase el verano.
Nuestra profesora de castellano echó un vistazo a la pequeña estanterÃa tras su mesa, nuestra biblioteca particular, y cogió el libro más gordo de todos, de letra diminuta y que se habÃa ganado el apodo de “la enciclopedia“. Para chavales de esa edad que huÃamos de la lectura obligada, ese libro era una amenaza, una broma pesada que algún profe gracioso nos habÃa puesto ahÃ, como si alguien fuese a leérselo…
Nos propuso leer algo en el verano, y tras coger el libro más gordo de todos, con su cubierta negra como el tizón y el rostro de una chica en blanco y negro, la clase se echó a reÃr. -¿Leernos eso? ¡Ni locos!- Pero entonces nos explicó la historia de esa niña, de cómo ella y su familia judÃa tuvieron que esconderse durante la Segunda Guerra Mundial, de cómo escuchaba los bombardeos por las noches y de cómo lo escribió en un Diario…
La historia me chocó, me llegó. Esperé unos dÃas, busqué el momento oportuno, y cuando no habÃa nadie en clase lo cogà a escondidas y me lo llevé a casa -¡No podÃa permitir que los demás me llamasen empollón!-. Me pasé el verano entero leyéndolo, ¡Que largo era! Nunca se terminaba… empecé a estar harto incluso de Ana y sus amorÃos con Peter, mi paciencia rozaba su lÃmite pero finalmente lo terminé, aunque quizás hubiese preferido no terminarlo.
Nunca jamás imaginé poder estar cerca de aquello, pensaba que la casa habrÃa sido derribada -habÃan pasado tantos años ya… y todos esos bombardeos…-, pero en Bachillerato participé en un intercambio de estudiantes, fuimos a Holanda, y allà a Amsterdam, y allÃ… allà estaba la casa de Ana Frank, la casa de aquella chica.
Subà las escaleras incrédulo, ¿eran esas las escaleras de las que tantas veces hablaba?, llegué a una habitación, resultaba confuso, habÃa fotos y recuadros y algunas cosas, lo que Ana explicaba en el libro que era la oficina de abajo ahora era una sala de proyección y un libro de firmas. No llegué a ver la terraza en que Ana pasó tantas noches, la verdad es que con tanta gente se hacÃa difÃcil mirar nada, pero el simple hecho de estar allà para mi era suficiente.
Una de las cosas que siempre me han fastidiado más es la fecha en que Ana fue enviada a Auschwitz, un 2 de septiembre, mi cumpleaños. Pero lo que realmente me fastidió siempre fue saber que estuvo tan cerca de conseguirlo, le faltó tan poco para ser liberada…
Llevaron a los miembros de la casa a un campo en Westerbork. Siendo aparentemente un campo de tránsito por el que hasta ese momento habÃan pasado más de 100.000 judÃos, el 2 de septiembre el grupo fue deportado en el que serÃa su último traslado desde Westerbork hasta el campo de concentración de Auschwitz. Tras tres dÃas de viaje llegaron a su destino, y los hombres y mujeres fueron separados según su sexo, para no volverse a ver más. De los 1.019 pasajeros, 549 – incluyendo niños menores de 15 años – fueron seleccionados y enviados directamente a las cámaras de gas, en las que fueron asesinados. Anne habÃa cumplido 15 años tres meses antes y se libró, y aunque todos los de la achterhuis sobrevivieron a la selección, Anne creyó que su padre habÃa sido asesinado.
Junto con las otras mujeres no seleccionadas para la muerte inmediata, Anne fue obligada a permanecer desnuda para desinfectarla, le raparon la cabeza y le tatuaron un número de identificación en el brazo. Durante el dÃa usaban a las mujeres para realizar trabajos forzados y, por la noche, las hacinaban en barracones frigorÃficos. Las enfermedades se propagaban velozmente y en poco tiempo Anne terminó con la piel cubierta de costras.
El 28 de octubre comenzó la selección para reubicar a las mujeres en Bergen-Belsen. Más de 8.000 mujeres, Anne Frank, Margot Frank y Auguste van Pels incluidas, fueron transportadas, pero Edith Frank se quedó atrás. Se levantaron tiendas para acoger la afluencia de prisioneros, entre ellos Anne y Margot, y a medida que la población aumentaba el Ãndice de mortandad debido a enfermedades aumentó rápidamente. Anne pudo juntarse por un breve periodo con dos amigas, Hanneli Pick Goslar (llamada “Lies” en el diario) y Nanette Blitz, quienes sobrevivieron a la guerra. Contaron cómo Anne, desnuda salvo por un trozo de manta, les explicó que, infestada de piojos, se habÃa despojado de sus ropas. La describieron como calva, demacrada y temblorosa, pero a pesar de su enfermedad les dijo que estaba más preocupada por Margot, cuyo estado parecÃa más grave. Goslar y Blitz no llegaron a ver a Margot, que permaneció en su litera, demasiado débil. Asimismo, Anne les dijo que estaban solas, y que sus padres habÃan muerto.
Lápida de Anne y Margot Frank en Bergen-Belsen
En marzo de 1945, una epidemia de fiebre tifoidea se propagó por todo el campo; se estima que terminó con la vida de 17.000 prisioneros. Los testigos contaron más tarde que Margot, debilitada como estaba, se cayó de su litera y murió como consecuencia del golpe, y que pocos dÃas después Anne también murió. Pocas semanas antes de que el campo fuese liberado por tropas británicas el 15 de abril de 1945.
Hay cosas que no se olvidan, y cosas que no se deben olvidar. Si Ana hubiese sobrevivido, ¿Se habrÃa hecho famoso su Diario? Hay cosas que uno vive y no se esperaba, aveces, incluso un agnóstico como yo se pregunta: ¿existe el destino?