5 años en Londres

Los años pasan y cuantos más pasan más rápido parece que se vayan, tal vez sea la rutina que nos adormece y parezca que la vida no fluya, o tal vez la memoria que cuánto más mayores más nos falla. Pero miro atrás y me veo en aquél tren camino a Londres intentando averiguar por la ventana cómo sería realmente esa ciudad en la que había escogido hacer el resto de mi vida, o al menos parte.

Recuerdo mis primeros pasos por las calles de Londres arrastrando una maleta, mi primera visita a uno de sus parques, Holland Park, y esa sensación de haberte adentrado en una película de Woody Allen con las hojas doradas de los árboles a tus pies y el sol carmesí adormeciendose en el horizonte.

Recuerdo las mil y una dudas, los miedos, la ansiedad. Recuerdo mi primer estudio minúsculo que a duras penas era poco más que una caja de zapatos. Mi primer trabajo, mis primeros pasos, mi inglés torpe, mis caras de “no entiendo”, mi frustración, más miedos, más dudas.

Recuerdo mi primer invierno y cómo se me congelaban las piernas al salir a la calle. Mejor en casa. Recuerdo mi primera primavera y mi primera gripe fruto de las corrientes nórdicas que te pillan de sopetón. Recuerdo el día que se me pinchó una rueda de la bici y tuve que volver arrastrándola hasta casa bajo una lluvia torrencial y entre el fango durante una hora. Recuerdo la nieve, las mañanas soleadas, llover mientras sale el sol, el arcoiris atravesando Londres y terminando sobre la Catedral de San Pablo como si fuera una señal del cielo.

Y entre tanto ha pasado el tiempo, y el tiempo son ya 5 años, y en cinco años aquí estoy. Y mi inglés ya no es torpe, y mi trabajo es un buen trabajo, y tengo nuevos amigos y me muevo por la ciudad haciendo esas cosas que siempre quise hacer pero entonces me doy cuenta de que al final nunca lo hice. Cuando llegué a la ciudad llegué a Victoria y vi ese gran cartel del musical de Billy Elliot. “Estaría bien ir a verlo” me dije, pero al final nunca lo hice.

Hasta hoy.

En cierta manera siento que se cumple un ciclo, un ciclo de mucho sacrificio, esfuerzo y trabajo duro. Pero ya está. Tengo el trabajo que buscaba, con un buen proyecto, buen sueldo y compañeros que casi son como una segunda familia. La caja de zapatos se ha convertido ahora en una casa encantadora con jardín… y me encanta mi jardín :) Y Londres ya no es una ciudad carísima por la que a duras penas me atrevo a moverme, es mi ambiente, cada vez más, y siento como si conectara con ella de una forma especial, como si estuviésemos en sintonía a cualquier hora y en cualquier lugar, siento como que ya he estado antes ahí, como si caminara entre los hilos de las parcas que intentan trazar mi vida; y algunos hilos son viejos y gastados pues son de mi pasado, otros son de rutas que nunca tomé y que quedaron en el olvido, pero los mejores son los nuevos, los que yo mismo trazo aun irritando a dichas parcas pues no dejo que sean ellas quienes decidan mi destino.