Breve história de Taiwán Parte 1/2

Situada entre Japón, China y las Filipinas, la isla con forma de hoja flotando entre las olas ha sido a lo largo de la historia un punto geoestratégico crucial que la ha llevado a convertirse en deseo de muchos y objeto de nadie, refugio de piratas, asentamiento holandés, refugio para chinos exiliados, colonia japonesa, más exiliados, Taiwán se considera a si misma culturalmente china, pero políticamente independiente. Ésta es su historia.

Leyenda negra

La entrada de Taiwán en la historia la hace a través de los primeros documentos que se poseen hablando sobre ella, como es el caso de todas las historias. Los chinos intentaron conquistarla sin demasiado éxito en un par de ocasiones, pero los nativos de la isla, incivilizados, sin jerarquías claras y muy violentos, junto a las distintas enfermedades que propagaban a quienes les intentaban invadir terminaron con la decisión por parte de los gobernantes chinos de olvidarse de ella, no merecía la pena, era “tierra de salvajes y enfermedades”.

Ésta leyenda negra la confirmarían también los japoneses, quienes tras fracasar en negociar con los nativos su sumisión por no tener éstos un líder claro, formaron una flota que pretendía conquistar la isla… con tan mala suerte de ser hundida por un tifón que tal vez cambiara el curso de la historia permitiendo a Taiwán seguir siendo incivilizada y no japonesa.

A lo largo de los siglos, los distintos gobernantes evitaron la isla pues su leyenda negra resonaba en las cabezas de todo el sureste asiático, hasta el punto en que cuando un almirante chino, Yu Ta-yu, en enfrentarse a Lin Tao-chen, uno de los piratas más poderosos del siglo XVII con una flota considerable y base en las islas Penghu, consiguió hacerle huir de la batalla e incluso adelantarse a la huida del pirata y barrerle el paso hacia las islas Penghu, pero decidió no seguirle cuando el pirata tomó la decisión de refugiarse en la isla maldita. El pirata y su tropa terminarían muriendo en la misma, en parte asesinados por los nativos (para quienes la cabeza de un chino era un trofeo extraordinario), en parte por las distintas enfermedades que contrayeron.

Refugio de piratas

Precisamente por dicha leyenda, no tan leyenda si tenemos en cuenta los multiples fracasos de chinos y japoneses, Taiwán quedó por siglos aislada del mundo civilizado, y se convirtió en paraíso de exiliados y refugiados de todo tipo. Cada vez que en un país del sureste asiático había problemas (guerra, hambruna, paro, …) se producían movimientos migratorios algunos de los cuales terminaban en Taiwán.

Los pescadores sí llegaban a acercarse a la isla y comerciar con los nativos, existiendo pues un cierto contacto extraoficial, y siendo la misma bien conocida por sus vecinos. Era pues cuestión de tiempo que los piratas la empezaran a utilizar como refugio, atracando en lugares remotos de la misma a refugio de los nativos y de quienes no se atrevían a acercarse a la isla.

Enclave holandés

No sería hasta el siglo XVII y la llegada de los europeos al sureste asiático que la isla aceptaría por primera vez, y no de buena gana, que unos foráneos se asentaran en ella.

Todo fue obra de un pirata en realidad, Li Tan, que tuvo diversos nombres según el personaje que interpretara (es lo que tiene estar buscado por la justicia en tantos sitios). Li nació y se crió en China, para pasar luego unos años en Manila, enclave español, en donde aprendió la cultura europea y “se cristianizó” (o lo hizo ver). Tuvo problemas con la justicia de nuevo y huyó a Japón. En Japón pasaría bastantes años y poco a poco conseguiría crear buenos lazos siendo un mercader de renombre por delante y un pirata deshonesto por detrás, pagando sobornos a tutiplen y estafando a medio mundo, incluídos los holandeses, a quienes utilizó para forrarse sin remordimiento alguno y convenció para que se asentaran en la isla de Taiwán, ya que al ser una isla proscrita no molestaría a nadie.

Li Tan terminaría convirtiéndose en el hombre más poderoso del sureste asiático y unificando a todos los piratas de Taiwán en una confederación pirata que utilizaba la isla como base de operaciones y a los ingenuos holandeses como escudo. Sus contactos en China, Japón y europeos le permitían ser el mecenas de la región (bueno, su falta de escrúpulos también) y a su muerte (no mucho después de unir a los piratas) nombró heredero a Cheng Chih-lung.

La dinastía Cheng

Cheng reorientaría la confederación pirata hacia China, que en esos momentos estaba en guerra con los Manchu y les interesaba cierta ayuda, esto permitió a Cheng terminar convirtiéndose en almirante chino y señor imperial.

Durante sus años como almirante, Cheng traficó con personas enviando miles y miles de chinos a Taiwán y vendiendoselos a los holandeses como mano de obra barata, lo que inundaría la isla de chinos sin que los holandeses percibieran problema alguno con ésto. No se puede determinar si Cheng hizo ésto con algo en mente o si tan solo era un negocio oportunista, pero el caso es que éste negocio jugaría un papel importante.

La guerra en el continente continuaría a favor de los Manchu, la dinastía Ming terminaría cayendo y Cheng junto a ella. Los Manchu habían sido bastante hábiles con la política haciendo concesiones a distintos señores de la dinastía Ming para unirles a su causa, evitar desgastarse y refortalecerse. Cheng sería tentado con la misma oferta y aunque finalmente decidió aceptar, fue vilmente capturado durante las celebraciones de ese pacto y llevado a Beijing en donde pasaría 20 años prisionero hasta ser finalmente ejecutado en 1661.

Koxinga

Sería Koxinga, hijo de Cheng, la última esperanza de los Ming. Lo cierto es que la mayor parte de China ya estaba en manos de la dinastía Qing (los Manchu) tras la caída de Fuzhou en 1646, y las regiones de Guangdong y Guangxi que aun quedaban en manos de los Ming no parecían tener muchas posibilidades, pero aun quedaban guerreros desperdigados por las montañas de las provincias del sur de China.

El propio Koxinga huiría entre esas montañas junto a unos amigos tras la deserción de su padre y lograría refugiarse en un templo confuciano en el que pasaría bastante tiempo meditando sobre lo sucedido. Finalmente, quemaría sus ropas de erudito en una ceremonia memorable y prendería rumbo a recuperar lo que consideraba suyo.

Primero fue a Xiamen, en donde tomaría control de dos de los barcos de su padre para partir a la isla de Kinmen en donde empezaría a reagrupar la armada y la flota pirata de su padre. En 1647 y ya con una armada considerable lograría extender su territorio hacia la isla de Ku-lang-yu y tras eso capturaría varias ciudades a lo largo de la costa de Fujian hasta finalmente recuperar Xiamen en 1650 (en manos de su primo, que también se había pasado a los Qing).

Durante los siguientes dos años Koxinga acrecentaría su ejército en el sureste mientras los Ming resistían en el oeste, seguirían diez años de guerra y batallas con la fortuna repartida entre las dos partes. En 1655 los Qing intentarían destruir la flota de Koxinga sin éxito, demostrando éste que venía de una familia de piratas hábiles en la mar.

En 1659 y tras muchos años de agrupar un inmenso ejército y un intento fallido el año anterior Koxinga decidió lanzar el ataque final contra los Qing en un ataque masivo y coordinado en que la infantería se movilizo hacia el norte mientras so flota subía río arriba hasta Nanjing en un ataque doble y masivo que derribó las defensas de Nanjing dejándola indefensa pero sin haber claudicado aun.

Y en una de esas fortunas del destino que pasan a la historia, se dio el casual que Koxinga cumplía 35 años y decidió celebrarlo a lo grande, con Nanjing casi capturada y todo bajo control el festín no tuvo límite alguno y mientras sus hombres estaban borrachos perdidos los Qing decidieron hacer una sortie y destrozar los campamentos y todo el asedio provocando la desbandda de las tropas de Koxinga y una de las derrotas más humillantes de la historia.

Continuará en la segunda parte… Koxinga no se daría por vencido, y no, no me he olvidado de Taiwán, de hecho ahora es cuando empiez lo bueno 😉

Fuente: Forbidden Nation: A History of Taiwán – Jonathan Manthorpe.